Nací en el mar

Cómo no nacer en el mar

Siempre quise creer que había nacido en el mar, aunque soy de interior. Es que el mar es de los lugares más fascinantes y en los que mejor me siento. Será que en las aguas en las que nadé durante nueve meses en el vientre de mi madre eran como un mar, y después lo busqué siempre. Hasta que lo encontré en el Atlántico, y era todavía muy pequeña cuando mi padre me llevaba de la mano por esa arena fina que se volvía dorada al sol. Me dejaba a veces jugando en las charcas que se formaban cuyas aguas se acababan calentando, y yo era feliz sintiendo esa arena mojada y viendo a mi padre corriendo hacia el mar que parecía que estaba allá lejos. Eran esos veranos en los que todavía no existía el tiempo.

Mi padre me enseñó a nadar en esas aguas atlánticas, azules, profundas, heladas. Aprendí a nadar imitando a los animales entre risas y la mano fuerte y enorme de mi padre sujetando mi espalda. Lo miraba fascinada con su pelo negro peinado hacia atrás como los actores de cine, él también era feliz en el agua, cuando me di cuenta de que también flotaba. Ese fue uno de los momentos en los que sentí que ese mar era mío.

Esas olas suaves

Su amigo Geremías me llevó a uno de los mares mas salvajes y más bellos que nunca vi, tanto que me quedó grabado para siempre. Un mar bravo en el que era imposible nadar porque su fuerza te arrastraba. Y cuando la mareaba bajaba se formaban pequeñas piscinas llamadas “furnas”. Cuando vuelvo a ese mar veo de nuevo esa luz que vi en aquellos veranos eternos en los que el amigo de mi padre nos llevaba a descubrir nuestros mares infinitos.

Eran tantos…otros no eran tan salvajes. Las aguas eran más mansas porque el mar quería conquistar la tierra y entonces la excavaba formando fiordos profundos de aguas gélidas. Ese también fue mi mar. Eran mares de pinares y de sillas y mesas plegables, de tortillas y bistecs rebozados, de largas tardes después de días de playa.

En esos momentos los niños estábamos ya tan agotados de tanto jugar en la arena y en el agua, pero todavía era de día y aún disfrutábamos mucho. Nunca había prisa, estirábamos el tiempo hasta que casi no había luz. En este lado del Atlántico, casi en el fin del mundo, los días de verano eran los más largos. Cuando en el este ya se estaba poniendo el sol, en el oeste todavía era de día.

La poesía del mar

Siempre relaciono esos días luminosos con la belleza de mi madre, con una cinta en el pelo y un ligero vestido de escote cuadrado que lucía el moreno conseguido en las largas jornadas tomando el sol, y que hacía resaltar esos tremendos ojos grises y esa sonrisa blanca. Siempre estaba feliz en verano, también le gusta el mar a mi madre, ella también debió de nacer en él como yo. Nosotros éramos el reflejo de esa poderosa alegría de vivir. Sin su arrolladora fuerza, esos veranos no hubieran sido lo mismo. Ella era quien los iluminaba y lo intuíamos.

Todo era felicidad cuando hacíamos los preparativos para pasar el día en la playa, el Renault 7 blanco se llenaba de trastos y de color, y el tiempo que tardábamos en llegar al mar cantábamos todos juntos, nos enseñaba tantas canciones. Y papá movía el coche para que jugáramos a las curvas. Era una fiesta.

Hasta que de pronto, cuando casi habíamos olvidado a donde íbamos, ahí estaban esas aguas plateadas, iluminadas por una luz intensa que nos faltaba en los lluviosos días de invierno. Y salíamos excitados del coche, corriendo hacia la arena cegadora que nos quemaba los pies. No sabíamos si hacer castillos o bañarnos, aunque lo que más nos gustaba era correr hacia el mar a saltar las olas, sin pensar en lo fría que estaba el agua. Temblábamos sin darnos cuenta y nos pasábamos la mañana en el agua, nadando, buceando, riendo. Nos sentíamos tan bien en ella que era un fastidio esperar dos largas horas después de comer para volver de nuevo.

Las rocas de nuestra infancia

También nos gustaba ir a las rocas, y aunque nos doliesen los pies, trepábamos por ese granito de formas curiosas, moviendo las lapas que se agarraban con fuerza a la roca, buscando cangrejos que se escondían al vernos, siguiendo a mi padre que nos llevaba a explorar mundos nuevos.

Supongo que fueron esos veranos eternos los que hicieron que quisiera el mar apasionadamente. Cuando la infancia se evaporó, busqué siempre la luz de esos días, esos largos baños sin importarme si el agua estaba fría o caliente. Seguí pasando horas nadando, haciendo el muerto – mi padre también lo hacía – y sé que mis hermanos también son como yo. Cuando vamos juntos a la playa, nos pasamos horas en el agua y volvemos a ser esos niños que éramos, olvidándonos que el tiempo existe, buscamos las olas, buscamos aquella libertad que sentíamos, aquel gozo único por vivir.

Tenemos una playa favorita, siempre vamos a ella cuando nos reencontramos. Es una de esas playas infinitas de arena blanca y agua azul turquesa. En ella siempre hay un microclima, hace más calor que en otros lugares, casi siempre hace buen tiempo, y algunos veranos el agua está buenísima. Puedes pasarte mucho tiempo recorriéndola y en ella te encuentras esas formas rarísimas y asombrosas de las rocas de granito. Muchos momentos de mi vida se superponen en esta inmensa playa, como el último verano que estuvimos los cinco juntos y el tiempo volvió a ser eterno.

Esa playa de arena infinita y agua azul turquesa donde todavía juego con mis hermanos

Los amigos que me conocen bien saben cómo me gusta el mar, todavía se ríen por la forma en que lo miro. Como lo tengo lejos, lo contemplo con intensidad, como grabándolo en mi memoria, sin que se escape ninguna ola. Lo miro desde mi ventana favorita, desde la cocina de una amiga que puede fregar los cacharros mirando al mar. Su casa está encima de las rocas, tiene tan cerca el mar que casi puede tocarlo. Su madre siempre me decía que me comía el mar con los ojos. ¡Cómo no comerse este mar!

Allí también pasé algunos días de verano (y también de invierno) y es otro de mis mares favoritos, más brutal, tanto que donde está le llaman la Costa de la Muerte. Pero esa brutalidad lo hace aún más bello. Yo lo vi en días de viento del nordeste y seguía siendo bello, aunque temible. En los días calurosos de verano impresiona por sus aires de paraíso, la playa de arena blanquísima de al lado de casa de mi amiga tiene el agua azul turquesa.

Mi mar

Tanto como contemplarlo, me gusta flotar en el mar, sentir toda esa inmensidad debajo de mi cuerpo. Y nadar en él como si quisiera abrazarlo.

Cuando me tengo que ir y volver al interior alejándome de él, parece que se rompe algo, me invade la tristeza a pesar de esa plenitud que da haber vivido una vez más ese día largo y luminoso de verano abrazada a mi mar.

Cuantos más kilómetros me separan de él, más vacío siento. Por eso y por todo lo que os cuento creo que nací en el mar. Sueño con tenerlo algún día frente a mí, mirarlo todos los días, hablarle y esperar a que él me responda como sólo él sabe hablar, con ese sonido milenario que nace en cada instante, esas olas que se mueven sin interrupción, que me acarician los pies cuando me siento en esa arena mojada. Es un interminable diálogo el nuestro.

Atardece en mi mar

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